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EL VINO ES PARTE DE LA CULTURA DEL MUNDO

ALBERTO ANTONINI

Es alto, delgado y un apasionado de la música. Nació en Empoli y estudió enología cuando nadie lo hacía. Trabajó con las familias más importantes de su país, para luego transformarse en un influyente consultor. Hoy elabora vinos en más de 12 países, incluyendo Uruguay, donde desembarcó en 2007 de la mano del ingeniero Alejandro Bulgheroni. En una nueva visita al país, Antonini dialogó con The Select Experience.

Omar Ichuste

EL VINO ES PARTE DE LA CULTURA DEL MUNDO

Es alto, delgado y un apasionado de la música. Nació en Empoli y estudió enología cuando nadie lo hacía. Trabajó con las familias más importantes de su país, para luego transformarse en un influyente consultor. Hoy elabora vinos en más de 12 países, incluyendo Uruguay, donde desembarcó en 2007 de la mano del ingeniero Alejandro Bulgheroni. En una nueva visita al país, Antonini dialogó con The Select Experience.

¿Cómo llega al mundo del vino? Cuando era niño, lo que me contaban mis padres, es que yo decía que quería ser campesino. Los niños, cuando se les pregunta qué quieren ser de grandes, dicen futbolista, policía o piloto de avión, pero yo decía «quiero ser campesino». Y la palabra campesino es una palabra bastante grande. Siempre me gustó trabajar en el campo. Así́ es como elegí́ una orientación científica para la secundaria y luego me fui a la Universidad de Florencia a estudiar ciencias agrarias. Me recibí́ con una tesis en vinicultura y luego estudié en Burdeos y en Estados Unidos. Volví́ a Florencia y trabajé para la familia Frescobaldi que, en Toscana, es una de las más importantes del vino. Luego trabajé para los Cinzano en Montalcino y, finalmente, me contrató Antinori como enólogo jefe para todo su grupo de bodegas.

¿Y cuándo decide convertirse en consultor internacional? En el año '97 tomé la decisión de comenzar con mi trabajo de consultoría. Yo llegué a consultor muy joven, a la edad de 38, con ganas de empezar un camino nuevo, con la idea de no seguir solo full time con Antinori, a pesar de que fuera la empresa más importante de Italia. Tampoco fue fácil explicarle a mi familia: estaba recién casado, con mi señora en su primer embarazo. Me decían: «¿Tú estás loco? ¿Trabajas en un lugar que es el sueño de todos y te quieres ir?», pero tenía ganas de un cambio. Hice algunas asesorías en Italia y, luego, me contrató una bodega de California y otra de Argentina; hoy estoy trabajando en varios países del mundo. Todo se desarrolló sin un plan por mi parte. Creo que también tuve la suerte de empezar en un momento de cambios en el mundo del vino. A mediados de los 80, comenzando a trabajar en Frescobaldi, vivíamos un momento disruptivo, que se llamó el renacimiento del vino italiano. Salíamos de un medioevo gris del vino, para empezar una época nueva y yo estaba ahí, justo en el medio, al comenzar esta fermentación.

¿Qué siente hoy cuando mira hacia atrás? Yo siempre miro al pasado y, si tú eres feliz con lo que eres hoy, no hay duda que eres el resultado de todo lo que ha sido tú vida. Miro hacia atrás y veo que la vida reconoció́ mi opción. En los años 70, elegir una profesión como esta era igual a cero. En aquella época, el vino poco importaba desde el punto de vista social o económico. Mis compañeros estudiaban para ingenieros, médicos o abogados y yo iba a ser enólogo. Era muy difícil con 18 años, salir, conocer amigos y decir que estudias enología.

¿Se siente parte de esa revolución del vino? Pienso que pude hacer cosas muy positivas para el mundo del vino, igual que muchos otros colegas. Yo soy un pedacito chico de todo eso. Recuerdo que en mis comienzos, había una fermentación muy fuerte, todo estaba cambiando en el sector. En Italia empezó́ slow food, las degustaciones y los periodistas, todas cosas que yo no había calculado. Porque el vino era un alimento líquido, parte de la cultura y en el caso italiano, en la mesa, al lado del pan, la pasta, la ensalada y la pizza, había un vino. Mi padre y yo siempre tomábamos el mismo vino. Era tinto en el invierno y blanco en el verano. Era cultura gastronómica simple. Hoy ya no es así́.

¿Qué nos puede contar sobre Garzón? Cuando el ingeniero Bulgheroni me pide analizar el lugar, pensé́ que quería plantar tres o cuatro hectáreas para hacer 15.000 botellas de vino para sus amigos. Me dije, lo ayudaré porque es amigo de un amigo. Me encontré́ con un lugar lindo que no conocía y al que podría venir cada tanto, pero don Alejandro me dijo: «Si te parece que el lugar es adecuado podemos arrancar con 200 hectáreas». Ahí́ ya no podía volver atrás y, para colmo, sin referencias de cuáles uvas plantar. La Tannat no me había emocionado mucho y me dije: «Si hace tanto tiempo que está en Uruguay, hay que plantarla». Respecto a las uvas blancas, pensé́ en Galicia, porque aquí́ las condiciones son muy parecidas y el Albariño siempre me ha gustado mucho, así́ que ya tenía dos. Las dos columnas del proyecto. No podíamos quedarnos sólo con dos cepas, por tanto plantamos muchas otras variedades. El proyecto se irá ajustando con el paso del tiempo, viendo además de la calidad, los vinos que tienen éxito con el publico.

¿Cómo vive don Alejandro su proyecto uruguayo? Tenemos la suerte de trabajar con un empresario que es un hombre especial, muy educado y respetuoso, que cuando me llama siempre me pregunta si puedo hablar. Eso me dice mucho. Es una persona muy cálida y todos sentimos ganas de devolverle lo mucho que nos ha entregado. Es un lujo trabajar con las herramientas que nos dio y no es algo que te pase seguido. Garzón para Bulgheroni es un hijo, lo quiere muchísimo. Es un proyecto vitivinícola muy importante y lo ha emprendido porque le gusta. En Toscana tiene cosas lindísimas, también en California y en Australia, pero no las vive como vive Garzón. Esta es su casa.

¿Considera que Maldonado es la futura región de la vitivinicultura uruguaya? Creo que en Uruguay hay una situación muy parecida a la Argentina, que hoy tiene una gran reputación. Pero Argentina no podría ser lo que es sin correr los viñedos de la zona este de Mendoza al Valle de Uco. Tengamos presente que los suelos que dan los mejores vinos del mundo son cuatro: calcáreos, graníticos, esquistos y volcánicos. El 99,99% de los grandes vinos del mundo vienen de estas rocas madres o rocas nobles, porque le entregan al vino elegancia, complejidad, energía, tensión; le entregan calidad. En Garzón hay un suelo que, en gran parte, tiene una alteración de una roca granítica muy especial. De otros suelos, más profundos y pesados o arcillosos, también se hacen buenos vinos, pero claramente no son los ideales; no tienen el voltaje, la complejidad y la elegancia de los que nacen de las rocas.


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